martes, 31 de agosto de 2010

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Sophia Whitley estaba hundida en una profunda depresión. Hace un tiempo ya, había dejado la universidad, dignándose a salir de su departamento sólo cuando fuera completamente necesario. A sus 21 años de edad, Sophia había perdido el gusto por su existencia. No tenía fuerza para seguir, los antidepresivos que le habían recetado no la estaban ayudando, mientras que la agonía de soportar el dolor, la angustia, el cansancio aumentaba cada día.

Hasta que un día, despertó en su sillón, sabiendo que estaba muerta.

Tenía la certeza de que lo estaba, su sentido común y todo en ella le indicaban que era cierto. Creyó que había muerto de un infarto, o tal vez de apendicitis. Sin embargo, a pesar de no estar viva, seguía en su descuidado apartamento, acostada en el sillón.

No, no estaba muerta realmente; pero ella estaba segura de que así era. La depresión, con todo lo que esta implicaba, la había arrastrado a esta psicosis, conocida como "Síndrome de Cotard", o "Síndrome del Muerto Viviente", que le da la certeza al afectado de que ha muerto.

Sophia se sentó con el rostro inexpresivo, mirando al vacío. Estaba muerta, pero seguía donde había vivido, sentía que se debilitaba y su cuerpo se descomponía, su corazón no latía y ya no quedaba sangre en sus venas. Fantaseó con la idea de la inmortalidad, intentando explicarse por qué no simplemente desaparecía, formuló en su mente un par de teorías más, que incluían la posibilidad de ser un alma en pena. Se auto-convenció de que no existía Dios, no existía el Demonio, no existía el Cielo ni el Infierno, sólo quedaba la infinita nada, vagar por el mismo lugar en el que había vivido, así de simple, nada esotérico ni espiritual, como la habían convencido que era durante prácticamente toda su vida.

Se preguntó si encontraría más almas en pena, o si alguien podría verla, había tantas preguntas que hacer, pero nadie para responderlas. Se levantó, y se quedó parada mirando por la ventana. Esto era algo bueno; Ahora podría hacer todo lo que nunca tuvo valor de hacer, ya nada podía dañarla, no tenía necesidad alguna, ya no tenía nada, y por esto, lo tenía todo.

Salió corriendo de la habitación, extasiada. El mundo dejó de verse gris para ella, corrió por la calle sin motivo alguno, riendo. Todo se veía mejor ahora, había perdido todo lo que podía perder, ya no había nada a que temerle, no habría dolor ni tristeza ni sufrimiento nunca más, sólo el infinito mundo que ahora parecía abrir sus puertas.

Corrió hasta que no pudo más, y se lanzó al pasto en el primer parque que encontró, se sentía completa, realizada…Feliz.

Luego de unas horas, resolvió volver al departamento, después de todo, pronto pertenecería a otro inquilino.

Esta vez caminó con calma. Miró todo lo que la rodeaba, todo lo que alguna vez había odiado le parecía hermoso. Finalmente llegó, y se sentó en el mismo sillón donde había despertado. Un par de lágrimas cayeron, sin ninguna razón. Se sentía débil, incapaz de soportar su propio peso. Entonces decidió hacer algo que no habría podido hacer antes, iba a lanzarse desde la azotea del edificio. Caería tantas veces como fuera necesario, moriría mil veces sin estar muerta realmente, se arrojaría por siempre, hasta que algo cambiara.

Todo el júbilo que había sentido se transformó en impotencia; odiaba esta “vida después de la muerte”, no era justo, tendría que estar por siempre donde había aguantado 21 años. Era demasiado simple, era ilógico, era un final vacío, un destino hueco que no dejaba recompensa ni castigo por la vida.

Salió al pasillo y se dirigió a la escalera. Subió un par de pisos y llegó a la azotea, donde un tipo, de no más de 25 años de edad, fumaba, sentado sobre la baranda que rodeaba el lugar.

Sophia miró con detenimiento al sujeto un instante. Él no notaría lo que pasaba, ella no existía para él. Se paró rozando el barandal, mirando hacia abajo. Intentó reprimir el vértigo que sentía de sólo pensar en caer desde esa altura.

-¿Q-Qué vas a hacer? – Preguntó él, mirándola, con preocupación.-¿Por qué estás mirando así hacia abajo? Me estás asustando.

-¿Puedes verme? – Preguntó extrañada.

-¿Por qué habría de no verte?

-¿Tú también estás muerto? – Preguntó con decisión.

-¿Eh? – La pregunta lo confundió, pero decidió seguirle la corriente, creyendo que no se trataba más que de una broma. – Sí, claro. Soy un fantasma.

Sophia no sabía que responder, se limitó a decir “Oh”, casi en un susurro. Volvió a mirar hacia abajo. Con cierta dificultad se sentó sobre la baranda, aferrándose a ella con ambas manos. Cerró los ojos.

-¡Oye! ¡Bájate!

-¿Por qué? No puede pasarme nada.

Él la miró, desconcertado, la chica estaba obviamente trastornada… Quizás realmente creía estar muerta, y sintió que si la dejaba lanzarse desde ahí, tendría siempre en su conciencia la muerte de esta muchacha. Resolvió que debía salvar a la pobre chica de sí misma.

-Escucha, no estás muerta…Sólo…

-¡Sí lo estoy! ¿¡Crees que no siento como mis huesos se descalcifican, o como mi carne se descompone?!
-No, no estás muerta, por favor, tranquilízate. – Él dijo esto último en una desesperada súplica, algo en ella le generaba lástima, ternura, simpatía. Tenía una mirada melancólica y llena de angustia, aún cuando sus ojos estaban muy abiertos y sus pupilas dilatadas, presa de la conmoción. Intentó acercarse, de haber podido la habría abrazado, sentía unas inmensas ganas de rodearla con sus brazos y estrecharla, diciéndole “Todo va a estar bien”, como una película, pero esto era real, y no se sentía capaz de hacerlo.

Se acercó y la tomó de la cintura, bajándola bruscamente al suelo, mientras ella gritaba con todas sus fuerzas.

-¡Cálmate!

-¡No! ¡No! ¡No! – Era lo único que era capaz de decir, las demás palabras simplemente no salían. - ¡Estoy muerta! ¡Estoy muerta! – La histeria se apoderó de ella, comenzó a sentirse asfixiada, las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.

-Por favor, no hagas esto, te lo suplico. – Su voz se quebró, no sabía qué hacer, estaba asustado de que la chica volviera a intentar suicidarse. – Ven, te llevaré a mi apartamento y te serviré un vaso de agua…

-¡No! ¡Aléjate! ¡Aléjate! ¡No necesito agua!

-¡Si sigues así voy a llamar a la policía!

Sophia sólo gritaba, no quedaban argumentos en su mente ni motivos válidos en su conciencia para hacer esto, pero quería hacerlo. Se levantó y corrió hacia la baranda, pero él la detuvo levantándola levemente del suelo, aprisionándola con sus brazos.

-¡Suéltame! – Sophia luchó para zafarse de su abrazo, pateando y agitándose. Finalmente, en un torpe movimiento, se libró, yéndose hacia atrás a la vez. En medio de su tropiezo se golpeó la cabeza contra la baranda verde de metal. Cayó al suelo, siendo incapaz de moverse. Escuchó que él hombre gritaba palabras que ahora carecían de sentido, mientras sus ojos se cerraban.

Si bien dicen que al morir toda tu vida pasa por delante de tus ojos, Sophia sólo vio un recuerdo: una niña pequeña, llorando en un parque junto a un gran árbol. La hermana mayor se acercó y le preguntó dulcemente “¿Qué pasa?”. “El árbol se está muriendo”, dijo la pequeña, entre sollozos. La mayor miró las hojas durante un instante. “No, no morirá. En el otoño deja caer sus hojas, para que luego puedan salir otras más hermosas y más verdes, y las ramas van a llenarse de flores”, repuso la hermana, sonriéndole con ternura. Sophia se aferró a ese recuerdo, de cuando ella tenía sólo 5 años, preguntándose por que se había rendido, y no había logrado restaurar sus hojas y sus flores, como su hermana le había prometido.

1 comentario:

  1. Me quito el Sombrero... mas que sólo un genial cuento... esta lleno de la vida triste y melancolica... lo mas extraño. Es que no veo en este caotico mundo, otra alternativa de estas amargas historias... te felicito, me has conmovido

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